Diversos medicamentos de uso frecuente pueden comprometer la respuesta del organismo frente a temperaturas extremas, al interferir con los mecanismos que permiten regular el calor corporal.
Algunos actúan bloqueando la sudoración, otros modifican la percepción de la sed o alteran el funcionamiento del “termostato” interno del cerebro, lo que dificulta que el cuerpo detecte y enfrente el sobrecalentamiento.
Entre los más relevantes se encuentran los anticolinérgicos, antidepresivos y antipsicóticos, que pueden reducir la capacidad de enfriamiento del organismo.
A ellos se suman los diuréticos, que favorecen la pérdida de líquidos y electrolitos, y los betabloqueantes, que limitan la circulación sanguínea hacia la piel. Incluso medicamentos de venta libre, como antihistamínicos y descongestionantes, pueden aumentar la vulnerabilidad al calor al resecar el cuerpo o incrementar la temperatura interna.
Asimismo, los estimulantes utilizados en el tratamiento del TDAH elevan el metabolismo y pueden ocultar señales de alerta como la sed o el cansancio, lo que incrementa el riesgo durante actividades físicas bajo el sol.
Por ello, especialistas recomiendan tomar medidas preventivas como hidratarse de manera constante, evitar esfuerzos en horas de mayor calor, buscar espacios ventilados y vigilar cualquier síntoma de agotamiento. La clave está en combinar el tratamiento médico con estrategias de cuidado que permitan enfrentar el calor de forma segura.




