Seguramente te ha pasado alguna vez que llega la noche, te sientes cansada, quieres dejar de hacer cosas y recostarte por un rato, pero, al mismo tiempo, te invade esa sensación de que no haber hecho lo suficiente.
¿Por qué sentimos que no nos rinde el tiempo? A veces estoy segura de que es cosa de la edad. Está bastante estudiado que, a medida que crecemos, percibimos que los días, los meses y los años pasan más rápido. Y en más de una conversación con amigos ha salido otra teoría curiosa: que después de la pandemia, entre 2020 y 2021, algo cambió misteriosamente y el tiempo empezó a correr distinto. Como si hubiéramos salido de esos años con el reloj acelerado y, desde entonces, nada nos alcanza.
Tal vez ambas cosas tengan algo de verdad. Cuando éramos niños, nuestras grandes responsabilidades eran cumplir en la escuela y jugar; y jugar, sobre todo, nos llenaba tanto que ahí se nos iba la tarde entera sin mirar el reloj. De adultos, en cambio, la lista crece: estudiar, trabajar, pagar cuentas, sostener relaciones, cuidar nuestra salud física y emocional, y además generar el dinero necesario para mantenernos —y a veces también a otros—. Antes el tiempo entre un cumpleaños y otro parecía eterno; ahora, cuando hay gastos mensuales que cubrir, el mes se esfuma en un abrir y cerrar de ojos.
Si a ello añadimos las nuevas tecnologías —que crecen desde la pandemia, nos ahorran tiempo pero nos mantienen siempre disponibles—, la ecuación se vuelve más evidente. Vivimos saltando de una notificación a otra, de una tarea a la siguiente, con la sensación constante de que vamos un paso atrás. El día se fragmenta en pendientes y el presente se convierte en un simple puente hacia lo que sigue. No terminamos algo cuando ya estamos pensando en lo próximo, y así el tiempo deja de sentirse como experiencia para vivirse como carrera.
También pesa esa idea tan adulta de que deberíamos poder con todo: trabajar, aprender, cuidar, responder, mejorar, avanzar. Cuando el ideal de productividad es infinito, cualquier cantidad de horas parece insuficiente. Quizá el problema no sea que el tiempo no alcance, sino que intentamos llenarlo de más de lo que puede sostener. Y tal vez recuperar la sensación de que rinde no implique hacer más, sino elegir mejor, soltar un poco y permitirnos momentos que no estén al servicio de nada más que de ser vividos.
Si la sensación de que el tiempo no nos rinde tiene que ver más con cómo lo vivimos que con la cantidad real de horas, entonces vale la pena hacer pequeños ajustes en nuestra manera de organizar el día. No se trata de hacer más, sino de hacerlo con mayor intención y conciencia. A veces, cambios sencillos y sostenidos pueden ayudarnos a recuperar la sensación de control y a experimentar el tiempo de una forma más amable y equilibrada. Algunas opciones útiles:
- Prioriza solo tres tareas clave al día.
- Organiza tu jornada en bloques de actividades similares para evitar interrupciones.
- Limita las notificaciones y revisa mensajes en momentos específicos.
- Regálate pausas cortas y conscientes para recargar energía.
- Celebra lo que sí lograste y dedica un momento a disfrutar de ti mismo.
¿Qué te parecen estas opciones? ¿Te animas a intentarlas conscientemente? Yo haré lo propio y ya te estaré platicando cómo me va con ello, al fin y al cabo, siempre estamos a tiempo de empezar distinto.
P.D. Te comparto una canción para ese momento a solas, ¿alguna otra sugerencia?



